Nota de la Red: Desde la Red hemos querido llamar la atención sobre estos hechos, tanto lo que (al menos) ha ocurrido con los Sarajevo Safaris como con el genocidio en Gaza. Porque son dos situaciones distintas pero que muestran elementos de deshumanización extrema que deberían llamar mucho más la atención de lo que lo hace.
Hay una forma de perversión en funcionamiento hoy que nos permite evitar la vergüenza: nos excluimos de la realidad social (una realidad regulada por alguna autoridad simbólica, lo que Lacan llamaba el “gran Otro”) e intervenimos en ella desde una distancia segura, de modo que nuestros actos no quedan expuestos a la mirada del gran Otro que nos avergüenza. Un caso ejemplar de semejante perversión lo ofrece Sarajevo Safari (Miran Zupanic, Eslovenia, 2022), un documental sobre el que posiblemente sea el evento patológico más bizarro ocurrido durante el sitio de Sarajevo entre 1992 y 1996. Cuando este documental fue publicado, funcionarios de la República Srpska y asociaciones de veteranos de guerra negaron tajantemente todas las acusaciones, calificándolas de “propaganda” y “mentiras atroces” dirigidas contra el pueblo serbio. Últimamente, con un retraso de 4 años, las investigaciones criminales finalmente están descubriendo hechos, especialmente en Italia, y pronto habrá individuos procesados.
Es bien sabido que los francotiradores en las colinas que rodean Sarajevo, ocupadas por las fuerzas serbias, disparaban a residentes al azar en las calles más abajo. También era bien sabido que se invitaba a aliados serbios seleccionados (en su mayoría rusos) a disparar un par de tiros sobre Sarajevo, pero esto se consideraba un honor, una muestra de aprecio especial, no un negocio. Ahora nos enteramos del verdadero negocio: decenas de extranjeros ricos (en su mayoría de Estados Unidos, el Reino Unido e Italia, aunque también algunos de Rusia) pagaban altas tarifas por la oportunidad de disparar contra los residentes del Sarajevo sitiado. El viaje era organizado por el Ejército de la República Srpska: los clientes eran transportados desde Belgrado hasta Pale (la capital de la Bosnia serbia, en las montañas cercanas a Sarajevo) y luego llevados a un lugar seguro con vista sobre Sarajevo, en el valle. Los precios estaban fijados: por ejemplo, matar a un niño pequeño costaba más que matar a un adulto.
Nos enteramos por el documental de que no solo el alto mando del Ejército de la República Srpska, sino también las fuerzas de paz de la OTAN en Bosnia, estaban al tanto de este safari; entonces, ¿por qué no lo hicieron público o simplemente bombardearon el lugar de los francotiradores? Pero lo que resulta de especial interés aquí es la forma de subjetividad de un “cazador” de safari: las víctimas no eran personalizadas, permanecían anónimas, un muro simbólico separaba al cazador del blanco; no obstante, no se trataba de un videojuego, las víctimas eran parte de la realidad, y la conciencia de este hecho explica la emoción perversa de semejante “caza”. Para ser más precisos, no era la víctima quien aquí se desrealizaba, era el “cazador” mismo quien se excluía de la realidad ordinaria y se percibía a sí mismo ubicado en algún lugar seguro por encima de la realidad. Así es como la realidad misma se convirtió en parte de un espectáculo en el que el cazador puede fingir que no está personalmente involucrado.
The Act of Killing da cuenta de (y reactúa para la cámara) algo que ya sucedió, mientras que en Sarajevo Safari la matanza misma está organizada como espectáculo. Sin embargo, con todo el horror que revela, hay algo perversamente honesto en esto: ¿acaso los altos directivos corporativos no están involucrados en un safari similar? Sus decisiones pueden arruinar muchas vidas, miles pueden perder sus empleos, y podemos imaginarnos a algunos de ellos observando a las familias arruinadas de un tipo al que despidieron o a quien de otra manera le arruinaron la vida. Y –nuestro último ejemplo de la misma locura– ¿acaso Dmitri Medvédev, expresidente ruso que hoy se desempeña como vicepresidente del Consejo de Seguridad de Rusia, no se apoyó en una lógica similar cuando dijo recientemente que “la alianza militar de la OTAN liderada por Estados Unidos tendría demasiado miedo de un ‘apocalipsis nuclear’ como para entrar directamente en el conflicto en respuesta [al uso ruso de armas nucleares tácticas]”: “Creo que la OTAN no intervendrá directamente en el conflicto ni siquiera en esa situación. Después de todo, la seguridad de Washington, Londres, Bruselas es mucho más importante para la Alianza del Atlántico Norte que el destino de una Ucrania moribunda que nadie necesita. […] El suministro de armamento moderno es solo un negocio para los países occidentales. Los demagogos de ultramar y europeos no van a perecer en un apocalipsis nuclear. Por lo tanto, tragarán el uso de cualquier arma en el conflicto actual.”
¿Somos conscientes de lo que implican estas frases? Medvédev está dispuesto a arriesgar las vidas de miles de millones por un pequeño pedazo de tierra –miles de millones en América Latina, África y Asia que NO están involucrados en el conflicto ucraniano. Ya en agosto de 2022, Medvédev había dicho que una propuesta de castigar a Rusia por crímenes de guerra en Ucrania amenazaba la existencia de la humanidad, dado el arsenal nuclear de Moscú. De nuevo, ¿desde dónde habla Medvédev cuando habla así, cuál es su posición subjetiva? No se incluye a sí mismo entre quienes perecerán, como si de algún modo fuera a sobrevivir a la catástrofe nuclear global –como si la humanidad fuera Sarajevo en un valle y él estuviera a una distancia segura, en una colina por encima de ella. Por supuesto que sabe que se verá afectado por el fin de la humanidad, pero habla como si no lo supiera.
*Filósofo y psicoanalista esloveno.
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